Alicia García , una Malagueña en Vancouver

En 2005 recibí un regalo que me cambió la vida. Caído del cielo, sin esperarlo ni un poquito, fui invitada a un viaje que aún recuerdo con mucha alegría y especial cariño.

Lo cierto es que algunos miembros de mi familia llevaban planeando desde hacía meses un viaje familiar. Barajaron varios destinos y se fueron apuntando unos y otros según disponibilidad. Pero yo, por aquellos entonces, era estudiante en la universidad de Málaga, ciudad de donde provengo, y ni por asomo me cuestioné formar parte de la comitiva. Ya sabéis: vida de estudiante con un trabajo part time…. ¡imposible hacer frente a un gasto tan grande!

Quiso el… no sé cómo llamarlo… ¿destino?, ¿providencia?, que en el último momento uno de mis tíos no pudiera seguir adelante con el proyecto y, como ya estaban los billetes sacados y algunas reservas hechas, mi generosísima familia decidió pagar la diferencia por cambiar de nombre los billetes y llevarme con ellos. ¡Aún recuerdo la felicidad que me embargó en el momento que me dieron la noticia!

Y allí que nos fuimos, rumbo: Canadá. Aterrizamos en Calgary y en el mismo aeropuerto  cogimos los coches (unos de esos GMC 4×4 gigantes de los que invaden la provincia de Alberta, especialmente la zona de las Rockies y a los que jamás había subido). Iniciamos un viaje por carretera recorriendo gran parte de las Montañas Rocosas que acababa en Vancouver, desde donde volamos de regreso a España. La ruta no estaba programada, por lo que pasábamos más o menos noches en los destinos dependiendo de cuánto nos gustara el sitio. Recuerdo comentar con mis primos, sentados en un banco del pueblecito de Jasper, lo maravilloso que sería aprender inglés en un sitio así…

Como decía, recuerdo ese viaje con especial cariño, no sólo porque era la primera vez que cruzaba el charco, sino porque marcó mi vida.

Años después, tras acabar la carrera, el máster, encontrar un buen trabajo en mi campo y verme azotada por la famosa “crisis histórica española”, un invierno en el que estaba en el paro preparándome unas oposiciones al ministerio de educación que nunca salieron, decidí que era hora de hacer un cambio en mi vida. Así fue como aquella idea idílica de vivir en las Rocosas fue cobrando forma hasta materializarse. Gracias a mi prima Marta, descubrimos la existencia de la Working Holiday Visa y tanto nosotras como nuestros novios solicitamos una. Una vez más el azar quiso que tan solo nos la concedieran a nosotras, quedando ellos fuera… algo que no nos frenó para poner en marcha la aventura.

Llegamos a Calgary de nuevo a finales de 2012 y estuvimos todo el invierno viviendo en Banff. Disfrutamos de la nieve, los animalitos y el bosque; conocimos a mil personas e hicimos buenísimos amigos, pero cuando llegó la primavera pensamos que era hora de mover ficha, así que cambiamos de destino. Se acercaba el verano y como buenas malagueñas echábamos de menos la playa, así que en mayo nos bajamos de un autobús en Tofino, un paraíso surfero en la isla de Vancouver, dispuestas a afrontar una nueva etapa. Si Banff lo disfrutamos, para Tofino no hay palabras. Hogueras nocturnas en la playa, bosque y más bosque, ballenas, águilas, marshmallows…

Primis

Pero el año llegó a su fin, y nos supo a poco. Volvimos a España, pero en ningún momento tuvimos en mente que nos quedaríamos allí. Tardamos dos meses en subir en un avión de vuelta a Canadá. Esta vez, yo venía acompañada de mi novio, a quien le habían concedido la WHV de 2013 y mi prima decidió viajar por su cuenta y probar un nuevo destino. No obstante, las cosas no eran tan fáciles para nosotras como la primera vez, pues ya habíamos agotado la WHV y nuestro status ahora era de turista. Mientras yo intentaba encontrar un sponsor en Banff y empezaba a desesperar y perder la paciencia, Marta aterrizó en Vancouver con idea de encontrar alguna buena escuela de inglés y hacer un curso de seis meses, el tiempo que, como turista, podía estar en el país. Buscando, buscando, dio a parar con la gran ayuda de Ana Tamayo, por aquellos entonces Spanish Consultant de UVANU. Ana, fue el pilar que soportó la estructura de lo que acabaría siendo nuestra nueva aventura. Ayudó a mi prima con absolutamente todo, desde localizar la mejor oferta para estudiar los seis meses que ella tenía previsto o contratar un beneficioso seguro médico internacional, hasta ayudarla a encontrar una habitación donde vivir. Pero lo que es más importante, gracias a UVANU, descubrimos la posibilidad de extender nuestra estancia en el país por un año, por lo que mi novio y yo nos mudamos a Vancouver para que yo pudiera realizar un curso CO OP que me permitiría no solo estudiar inglés, sino trabajar también. UVANU hizo posible que haya podido disfrutar un poquito más de este país y la verdad es que estoy infinitamente agradecida. Hoy día sigo muy ligada a la agencia, que continúa prestándome grandes servicios como ayuda con la realización de la declaración de las tasas o la renovación de mi seguro médico. Pero no solo paso por la oficina para solucionar mis asuntillos, sino que muchos días subo a visitar a la nueva Spanish Consultant, que… ¿a qué no adivináis quién aceptó el puesto cuando Ana decidió poner fin a su aventura canadiense? ¡Mi prima Marta ocupa ahora su mesa!

Hoy ya hace un poco más de un año que vivimos en Vancouver y parece que la estancia se prolongará un poquito más… Y es que, sabemos cómo empiezan las cosas, pero nunca cómo o cuándo van a terminar…. Como dirían en la otra costa del país… Çest la vie!

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